Los vicios que dejé atrás

La metamorfosis es un vicio como cualquier otro.

El bueno, el malo y el incompetente

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Las tardes de los viernes suelen ser bastante apáticas en las oficinas, al menos en la que yo estoy recluido 40 horas semanales, y eso hace que la mente del infeliz obrero se evada a fin de matar el tiempo hasta la hora cerrar el garito y largarse a casa (o al bar, que es la casa de todos).

Fijando la vista en la misma blanca pared de siempre, musa del oficinista, me he puesto a recordar todos los sitios en los que me he ganado un jornal de manera más o menos honrada. Y maravilla de maravillas, he hallado un patrón en común en la tribu que suele habitar tales hábitats. Amén de jefes y jefecillos, y de buenos o malos compañeros, hay un tipo de currante inmutable en el tiempo y en el espacio, de carácter casi divino ya que se le puede encontrar en todas partes. Me estoy refiriendo al incompetente.

EL incompetente no es que sea un inútil, ya que ocupa todos los escalafones sociales o profesionales. Puede tener titulación o no, ser más listo o más tonto, pero una cosa la tenemos segura: nadie sabe quien coño lo contrató. Y los más importante: porqué.

En muchos casos las leyendas narradas alrededor de la máquina del café cuentan que ya estaba allí antes de poner la primera piedra de la oficina, otros susurran parentescos con la directiva o un supuesto título de una universidad de las Islas Caimán. Muchos han debatido sobre ello, pero ninguno ha hallado respuesta.

Se les puede identificar por algunos rasgos comunes, el primero de ellos (y el más evidente) es la sonrisa con la que atraviesan la puerta por la mañana. A diferencia de los demás, el incompetente sonríe porque sabe que no va a dar un palo al agua y lo poco que haga lo va a hacer mal. Otro rasgo es la costumbre de tomar café, bebida de la que suelen hacer degustaciones repetidas veces al día pero que no les impide bostezar copiosamente al llegar las tres de la tarde, lo cual nos hace sospechar que o bien disponen de una genética poco corriente o se han pasado al descafeinado.

El incompetente no suele hacer nada a derechas, pero si aún así fuera no sería muy molesto. Debido a su poca (o nula) dedicación al trabajo, tras leer las noticias (o más bien los titulares) se dedican a maquinar pérfidos planes con el fin de atormentar a sus ya de por sí atormentados compañeros.

Bajo la excusa de confraternizar, el proceso inicia con organizar un aperitivo en el que cada cual trae algo, menos él, que o bien no trae nada o trae una lata de aceitunas (con hueso). Tras un par de aperitivos ya ha contactado con dos o tres víctimas, a las que asediará con regalos de cumpleaños, formalizando esta tradición para toda la plantilla reuniendo un “bote” pro-fondos regalo de cumpleaños. Bote del cual no se lleva la contabilidad y la mayor parte del cual sirve para financiar los cafés descafeinados del sujeto en cuestión.

El sueño erótico de cualquier incompetente es organizar una cena de empresa, su mayor orgullo e ilusión. Suelen basarse en tres premisas básicas: que esté lo más lejos posible de casa, que sea prohibitivamente caro y que la gente lo pase mal. Su mayor pena es que al lado del jefe solamente puedan sentarse dos personas.

Para acabar, solamente decir que no hay manera de evitarlos. No se les ve venir, no se les oye llegar, son silenciosos y discretos (menos cuando bostezan), pero de una cosa podéis estar seguro: alrededor vuestro hay uno, quizás os esté mirando ahora mismo mientras leéis esto, y está intentado averiguar vuestro cumpleaños.

Como decían en Star Trek: la resistencia es futil.

[PD]: siento ser tan pesimista, pero si alguien conoce la manera de acabar con ellos gustosamente lo propondré para la medalla al mérito civil (amén de dare un abrazo mientras me saltan las lágrimas de los ojos).

Escrito por rebelwaltz

Octubre 3, 2008 a 4:18 pm

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