pasar página (una vez más)
Tristemente al hacernos mayores vamos adquiriendo un criterio, bueno o malo, que condiciona nuestra manera de hacer las cosas así como de interactuar con los demás. Sucesos en los que en nuestra veintena toleraríamos, en nuestra treintena lucharíamos a brazo partido para que no ocurriesen (o viceversa).
Forjamos una personalidad, que nos diferencia de los demás. Ya no anhelamos aquel sentimiento de comunidad propio de los dieciocho años. Ir en pandilla ya no apetece tanto, seleccionamos a aquellos con l@s que pasamos nuestros momentos libres, y en consecuencia, finalmente perdemos a gente por el camino.
Gente con un carácter infantil o una ridícula forma de ver la vida. El aislamiento también suele obrar milagros a la hora de hacer insoportable a una persona, y no me refiero al típico pueblo pirenaico de 25 habitantes, hay gente que esta sola hasta en una andana de metro en hora punta.
Y aún así, esa persona es más afortunada que otros, pues sabe que está sola y aún tiene capacidad de actuar. Otros lo ignoran (o no desean conocerlo) y como sultanes se aposentan entre sus cojines mullidos de arrogancia y sus alfombras tejidas con desprecio, mirando pasar al resto de mortales como si de ganado se tratara. Clasificándolos, juzgándolos y finalmente, como un tierno infante cansado de sus viejos juguetes, despreciandolos con odio, con saña, sin recordar los buenos momentos pasados ni por una milésima de segundo.
La madurez nos va apartando de gente así. No hace falta el/la amig@ consejer@ para asesorarnos, lo vemos claro, tan claro que es cristalino. A la mierda, tío. Que me dejes en paz. Que cojas tus bártulos y salgas de mi vida cagando leches. Es oficial: no te soporto.
Dicha madurez, como se puede apreciar, también nos vuelve un punto más cínicos y amargados, sin ningún tapujo (o con menos que antes) para decir las cosas por su nombre. Y eso, de cara a la galería puede parecer malo. Cierto. Los enfrentamientos son cortos e intensos, nada de aquellas peleas en la puerta del instituto, ahora se cruzan un par de frases de desprecio, si se tercia otros tantos insultos y finalmente una retirada de palabra hasta nuevo aviso. A día de hoy esas son las reglas del juego. Educación lo llaman. Uno puede ser un perfecto hijo de puta, pero siempre educado, que tiene así como que más finura y saber hacer.
Personalmente, mi forma de afrontar tales lances de la vida es pasar página. Rehuir el conflicto barriobajero de cruzar un par de insultos, y volver a la vida de diario que no está nada mal. Los insultos no suelen arreglar nada y en caliente suelen decirse palabras de las que luego se arrepiente uno. Así que es preferible un frío distanciamiento, de la noche a la mañana si lo prefiere uno, sin descalificaciones, acusaciones y espectáculo tomatero. Quien sabe, Quizás al cabo de un tiempo el río vuelve a su cauce.
Aun así es oficial: ya no os soporto más. La gente para la que podría ir dirigido esto no lo leerá jamás y por lo tanto, no comprenderá mis acciones.
Para que luego digan que leer no sirve para nada.
