La rutina es algo que entra tan rápido en tu vida que ni te das cuenta que ha llegado, ha dado tres vueltas entorno a ti y se ha pegado tanto a tu piel que ni un océano de aguarrás lograría despegarla. Mientras uno es joven el ardor propio de la edad actúa como una especie de lubricante que la hace resbalar por el cuerpo hasta que al andar, cae al suelo y es pisoteada vilmente.

Pero… ¡ay! nuestra querida amiga rutina es paciente. Y desde el suelo, yaciendo entre toda la porquería que arrojamos al vil asfalto, con una sonrisa malévola nos dice: “ya caerás, ya…”. Y vaya si tiene razón la puñetera.

Voy a ahorrarme los detalles de la caída del ser humano frente a la rutina. En vez de ello vamos a analizar (¡testado científicamente señores!) el efecto que causa la rutina en sus pacientes crónicos: los jubilados.

Todos los jubilados tienen una rutina, y sino, se la inventan. Dar de comer al canario, regar las plantas, comprar el periódico etc. Todo esto pautado según un estricto horario inamovible, repito INAMOVIBLE. ¿Por que? porque sino no seria rutina. Da igual que a su niet@ esté en la puerta del colegio llorando desconsoladamente debido a que nadie le viene a buscar, primero se ha de ir a comprar el periódico ¡ y al quiosco de toda la vida, faltaría más! no importa que se halle en dirección contraria a la escuela, las cosas son así y punto. No hay discusión.

El claro ejemplo lo tenemos en el abuelete de los sábados. Un personajillo (que desde aquí le mandamos un saludo) que cada sábado (por algo se llama el abuelete de los sábados), mientras su esposa compra en el supermercado, él espera pacientemente fuera, con el perro y el carro de la compra, en el mismo sitio, en una punta del banco que hay al lado del árbol de la plaza. Siempre está allí. Es SU banco, es SU sitio, por antigüedad le pertenece a él.

Pues bien. Para que veaís lo poderoso de la rutina, un claro ejemplo: en el banco se encuentran dos mujeres, con sus respectivos carritos de bebé ( y sus respectivos bebés en cada uno), charlando a cascoporro y poniendo a parir el último famoso que se dignó a aparecer por salsa rosa. Bien, alrededor del banco tenemos a tres infantes más que zumban incesantemente alrededor del banco, saltando del parterre al banco y de éste al árbol. En fin, que aquello es como una zona de guerra pero sin la ONU de intermediaria, y… ¡si amigos! nuestro valeroso abuelete está allí, con mirada al frente, correa perruna en una mano y carro de la compra en otra. ¡Aguantando el tirón contra viento y marea!.

Da igual que en la plaza haya otros 3 bancos libres y solitarios. ¡Nunca jamás se traiciona a la rutina!, ¡es lo que nos mantiene cuerdos y nos da fuerzas para llenar el vacío entre capítulo y capítulo de matrimoniadas!. Si es que ya no quedan personas como las de antes, luchadoras, tenaces, leales… los jóvenes de hoy en día lo quieren todo fácil, sin esfuerzo y sin luchar. ¡Alabemos a la rutina que nos da fuerzas para sobrevivir a la vejez!.

PD: como el mío es un barrio relativamente pequeño, al final me enteré que el pobre hombre es sordo de un oído y medio del otro, pero para cuando me lo contaron ya había escrito esto… se siente :P

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