Fragmentos
Los domingos por la tarde, ante la inmensa falta de ganas de moverse, me da por pensar. Pensar es algo muy subjetivo, unos argumentan que hacer la lista de la compra mentalmente no es pensar, bueno, cada cual a lo suyo y que no solo de pensamientos vive el hombre.
El hombre (ojo, que me refiero a hombre y mujeres por igual) es un animal social (dicen), aunque yo lo catalogaría más como un depredador social. Basta ver los grupos de jóvenes (y no tan jóvenes) en los que el conflicto es siempre permanente. Siempre comparando, siempre mirando por encima del hombro, siempre enfrentados…
Es gracioso ver cuando eres pequeño el ideal de amistad que te incrustan en el cerebro vía TV o colegio. Un ideal que desgraciadamente cae como un castillo de naipes pasados unos años, cuando el infante penetra en el mundo adulto adolescente.
Me gustaría considerarme una persona a la que le gusta alejarse de las disputas, sobre todo si son por asuntos ridículos (osease todas). Considero que en el día a día uno ya tiene que mentir fingir lo suficiente como para que los ratos de ocio, aquellos que estas con “tu gente”, vuelvas a entrar en la dinámica de las palabras con doble sentido y los mensajes velados.
La vida nos enseña que no podemos confiar en nadie. Es más, estadísticamente hablando nunca he visto a dos mejores amig@s que lo siguieran siendo por tiempo indefinido. Es cierto que hay gente que se relaciona durante largos años pero luego corta la relación, se va con otros grupos aunque sigue viéndose con esa persona. Aunque ya no es lo mismo, pues al distanciarse la confianza se enfría y tan solo queda el recuerdo.
Por eso digo que somo depredadores sociales, no por despecho o por desquite, sino por (tristemente) experiencia, la divina madre de todas las ciencias y asesina de sueños e ilusiones.
Buenos días, buena suerte y recuerden: no confíen en nadie.